2.09. ¡No darás oído a las palabras de tal profeta!

Decimos: lo vi con mis ojos, lo sentí yo mismo, lo oí con mis propios oídos. Te lo digo con toda bondad: ¡Despierta, amigo, del sueño! Hace mucho ya que pasó el tiempo en que podíamos depender de nuestros ojos, de nuestros oídos o de nuestros propios sentimientos.

Vivimos en un tiempo en que no podemos confiar en nuestros sentidos. Y cuanto antes nos convenzamos de ello tanto mejor. Porque los engaños del enemigo en estos últimos días no serán toscos. No serán burdos. Serán tan sutiles, tan ingeniosos, tan arteramente adaptados a esta generación, que nadie estará seguro a menos que sus pies se hallen solidamente asentados en un "ESCRITO ESTÁ".

En una hora como esta, ¿visitaremos a algún pronosticador de la suerte, a alguna agorera que observa la palma de la mano? Les encomendaremos nuestro futuro a ellos? ¿Confiaremos en la suerte o el accidente, en los tréboles de cuatro hojas o en patas de conejo? ¿Nos volveremos a la bola de cristal en una hora como esta?

¿Es la bola de cristal la esperanza de la humanidad? ¿Ha tomado el lugar de la certidumbre de las Escrituras el impacto dramático de la lectura psíquica, con su cumplimiento casi inmediato? Sí, porque los "profetas" de la bola de cristal han hecho predicciones certeras. Han predichos asesinatos y otras tragédias definidas. Presidentes de naciones poderosas -y de otras no tan poderosas-, en días de crisis han buscado consejo ocultista. ¿Debemos hacerlo también nosotros? ¿Está Dios revistiendo sus respuestas a las frenéticas preguntas del hombre, con las misteriosas figuras de la bola se cristal?

Predicciones. Predicciones correctas. Acidentes aéreos. Suicidios. Transacciones comerciales. Casamientos. Elecciones. Decisiones personales. Pero yo pregunto: ¿Será que Dios debe llegar a ser nada más que un agente de reserva del cual se pueda depender para realizar viajes seguros en avión? ¿Dónde están las grandes líneas de profecía que afectan a toda la humanidad?

Pienso en las palabras de Deuteronomio:

"Cuando se levantare en medio de ti profeta, o soñador de sueños, y te anunciare señal o prodigios, y si se cumpliere la señal o prodigio que él te anunció, diciendo: Vamos en pos de dioses ajenos, que no conociste, y sirvámosles; no darás oído a las palabras de tal profeta, ni al tal soñador de sueños; porque Jehová vuestro Dios os está probando, para saber si amáis a Jehová vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma" (Deuteronomio 13: 1-3).

Acá se describe una situación en la que un profeta hace predicciones. Y las predicciones se realizan. Pero la enseñanza del profeta no está de acuerdo con la Palabra de Dios. No hemos de seguir a ese profeta, por más que sus predicciones sean acertadas. El Dios del cielo está solamente probando a su pueblo.

Dijo el profeta Isaías: "¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido" (Isaías 8: 20).

El error, tarde o temprano, muestra las señales indicadoras de su origen. Cuando un profeta moderno relata, por ejemplo, una visión en que es inducido por una serpiente a mirar hacia el Oriente en busca de sabiduría -el Oriente, esa tierra creadora de tantas falsas enseñanzas- yo comienzo a dudar.

¡Y cuando predice que un niño nacido bajo el símbolo del culto del sol -un enemigo secular del culto de Dios- ha de llegar a ser un día el salvador de la humanidad, mis dudas se acrecientan mucho más!

La senda de la intriga es terreno encantado. ¡Desde el Edén hasta el Armagedón, desde la serpiente hasta la bola de cristal, es terreno encantado!

¿Mirar al Oriente en busca de sabiduría? ¡Te insto a que más bien la busques en el gran Libro de Dios!