3.02. Los muertos nada saben

La gran esperanza que las Escrituras llevan al corazón humano es que en el día de la ressurrección -no en ocasión de la muerte- los amados que nos fueron arrebatados se unirán de nuevo con nosotros.

De hecho, toda la estructura del cristianismo descansa sobre la resurrección de Cristo Jesús de los muertos y la resurrección de sus seguidores en el día final.

Job mismo lo dijo:

"Yo sé que mi Redentor vive,
Y al fin se levantará sobre el polvo" (Job 19: 25).

Y añade esta nota triunfante:

"Y después de deshecha esta mi piel,
En mi carne he de ver a Dios" (versículo 26).

En cuanto a los muertos que aparecen ante la orden de los curiosos, o que regresan a una casa para ver como marchan sus seres amados, la Palabra de Dios dice:


Los muertos no han de ser llamados hasta aquel día grandioso y final cuando Jesús mismo regrese. Ese día, y solamente entonces, la muerte dará lugar a la inmortalidad, a la vida perdurable.

Las Escrituras van aún más allá. Dicen que en ocasión de la muerte el poder del hombre para pensar cesa:

"No confiéis en los príncipes,
Ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación.
Pues sale su aliento, y vuelve a la tierra;
En ese mismo día perecen sus pensamientos" (Salmo 146: 3, 4).

No debe haber ningún error aquí. El Creador sabe lo que ocurre en ocasión de la muerte. Y él nos dice que los muertos no piensan.

Por favor presta atención en este otro texto de las Escrituras, tal vez el más importante que hemos de leer:

"Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido. También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol" (Eclesiastés 9:5-6).

¡Ahí está! Los muertos nada saben. No pueden recordar. No pueden amar, ni odiar, ni envidiar. ¿No debe esto resolver para siempre la pregunta de lo que ocurre en ocasión de la muerte?

"Los muertos nada saben".